En la naturaleza un ecosistema muestra la perfección de cómo las distintas especies interactúan en un equilibrio constante. Allí, de manera espontánea, cualquier pequeño desajuste es compensado por otros elementos dentro de ese conjunto para volver a su funcionamiento original y a su permanente evolucíon. Aunque los científicos hayan establecido jerarquías en la clasificación de los ecosistemas, la naturaleza no utiliza esos razonamientos: un león no se cree más importante que una hiena, del mismo modo que una acacia no se cree más importante que un liquen. Están en constante diálogo dentro de sus propias dinámicas y no hay desajustes que lleven a la destrucción de manera abrupta. Todos hacen parte de la misma armonía que ha llevado millones de años en llegar hasta este punto.
Los humanos, que también hacemos parte de la naturaleza, hemos escogido otra manera de vernos a nosotros mismos, muy distinta a la de nuestro ecosistema. Nuestra organización es jerárquica, hay distintos niveles y categorías del “punto más alto” al “punto más bajo”: "La élite y la escoria", "los dirigentes y el pueblo", "los de arriba y los de abajo" (según el estatus donde nos encontremos así nos expresamos). En esa pirámide existen seres que dirigen y otros que obedecen, al contrario del ecosistema, donde no hay ningún “líder” y todo ha funcionado durante millones de años sin contratiempos (hasta que la industrialización lo jodió todo)
Al contrario que la naturaleza, nuestro tipo de organización nunca ha sido equilibrado ni armónico, y siempre ha mostrado ser un fracaso rotundo, ya sea por guerras, plagas, hambrunas o locura. Desde hace mucho tiempo, hemos pasado por distintos sistemas de organización y ninguno, ni el más violento ni el más pacífico han sido capaces de encontrar un equilibrio entre nosotros mismos o con la naturaleza. ¿Porqué?
En algún momento de nuestra historia, cuando apenas éramos como especie un conjunto vulnerable a la naturaleza, necesitamos de “líderes”, personas con habilidades suficientes para encontrar soluciones a problemas como por ejemplo buscar un entorno adecuado para encontrar alimento o construir una vivienda. Aún así, esas organizaciones eran de tipo comunitario y todos los elementos que hacían parte de ellos tenían una función concreta. El liderazgo era simplemente un factor de organización para el día a día.
Con el advenimiento de las “civilizaciones” y la creación de las élites y las grandes religiones, el concepto de liderazgo cambió y en lugar de organizar se pasó a dirigir, a manejar, a manipular. Unos pocos mandaban y el resto solamente obedecía, y los conceptos de esos “dirigentes” estaban totalmente justificados por las grandes religiones y sus cúpulas, que muy frecuentemente hacían parte de la misma élite y estaban de acuerdo en como se manejaba al pueblo. En principio estos niveles de organización no deberían ser malos, sin embargo la forma en que se ha dirigido nuestro sistema de pensamiento no nos deja oponernos a esos dirigentes aún cuando ellos demuestren de hecho ser unos corruptos. Hemos sido manejados para ser incapaces de cuestionar su liderazgo o el sistema que han diseñado. Nos han vencido con ideas, y cuando una idea incuba en nuestras mentes, es imposible sacarla. Al igual que Mal -la esposa de Dom Cobb en la película Inception de Christopher Nolan-, somos una sociedad lanzándose al abismo por esas ideas que tenemos incubadas hace miles de años.
Estamos en un momento en el que gracias a los medios de comunicación multilineales como internet, se puede recoger información de miles de puntos de vista, y cambiar nuestra forma de ver la realidad. Para ver de forma distinta esa realidad, hay que ser capaces de cuestionarnos el cómo asumimos nuestras creencias, cómo asumimos nuestra actitud ante los “líderes” y cómo asumimos nuestra respuesta a la forma en que ellos nos controlan. Esa manera de manejar la sociedad nos está llevando a la locura o a la guerra o a la hambruna, según el lugar donde estemos. Si somos capaces de ver esas cosas y comenzamos como sociedad a interactuar de forma distinta, más parecida a la naturaleza, nuestras ideas y acciones tendrán un valor distinto y quizá sea posible modificar este sistema. Nosotros podemos tumbar esa pirámide y convertirnos en una sociedad con una organización natural (algunos teóricos han llamado a este tipo de interacciones sin jerarquía Rizomas).
Los humanos, que también hacemos parte de la naturaleza, hemos escogido otra manera de vernos a nosotros mismos, muy distinta a la de nuestro ecosistema. Nuestra organización es jerárquica, hay distintos niveles y categorías del “punto más alto” al “punto más bajo”: "La élite y la escoria", "los dirigentes y el pueblo", "los de arriba y los de abajo" (según el estatus donde nos encontremos así nos expresamos). En esa pirámide existen seres que dirigen y otros que obedecen, al contrario del ecosistema, donde no hay ningún “líder” y todo ha funcionado durante millones de años sin contratiempos (hasta que la industrialización lo jodió todo)
Al contrario que la naturaleza, nuestro tipo de organización nunca ha sido equilibrado ni armónico, y siempre ha mostrado ser un fracaso rotundo, ya sea por guerras, plagas, hambrunas o locura. Desde hace mucho tiempo, hemos pasado por distintos sistemas de organización y ninguno, ni el más violento ni el más pacífico han sido capaces de encontrar un equilibrio entre nosotros mismos o con la naturaleza. ¿Porqué?
En algún momento de nuestra historia, cuando apenas éramos como especie un conjunto vulnerable a la naturaleza, necesitamos de “líderes”, personas con habilidades suficientes para encontrar soluciones a problemas como por ejemplo buscar un entorno adecuado para encontrar alimento o construir una vivienda. Aún así, esas organizaciones eran de tipo comunitario y todos los elementos que hacían parte de ellos tenían una función concreta. El liderazgo era simplemente un factor de organización para el día a día.
Con el advenimiento de las “civilizaciones” y la creación de las élites y las grandes religiones, el concepto de liderazgo cambió y en lugar de organizar se pasó a dirigir, a manejar, a manipular. Unos pocos mandaban y el resto solamente obedecía, y los conceptos de esos “dirigentes” estaban totalmente justificados por las grandes religiones y sus cúpulas, que muy frecuentemente hacían parte de la misma élite y estaban de acuerdo en como se manejaba al pueblo. En principio estos niveles de organización no deberían ser malos, sin embargo la forma en que se ha dirigido nuestro sistema de pensamiento no nos deja oponernos a esos dirigentes aún cuando ellos demuestren de hecho ser unos corruptos. Hemos sido manejados para ser incapaces de cuestionar su liderazgo o el sistema que han diseñado. Nos han vencido con ideas, y cuando una idea incuba en nuestras mentes, es imposible sacarla. Al igual que Mal -la esposa de Dom Cobb en la película Inception de Christopher Nolan-, somos una sociedad lanzándose al abismo por esas ideas que tenemos incubadas hace miles de años.
Estamos en un momento en el que gracias a los medios de comunicación multilineales como internet, se puede recoger información de miles de puntos de vista, y cambiar nuestra forma de ver la realidad. Para ver de forma distinta esa realidad, hay que ser capaces de cuestionarnos el cómo asumimos nuestras creencias, cómo asumimos nuestra actitud ante los “líderes” y cómo asumimos nuestra respuesta a la forma en que ellos nos controlan. Esa manera de manejar la sociedad nos está llevando a la locura o a la guerra o a la hambruna, según el lugar donde estemos. Si somos capaces de ver esas cosas y comenzamos como sociedad a interactuar de forma distinta, más parecida a la naturaleza, nuestras ideas y acciones tendrán un valor distinto y quizá sea posible modificar este sistema. Nosotros podemos tumbar esa pirámide y convertirnos en una sociedad con una organización natural (algunos teóricos han llamado a este tipo de interacciones sin jerarquía Rizomas).

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